La Cleta cartonera

*Banda, les quiero compartir el texto que leí ayer en la presentación de La Cleta Cartonera. En él hablo del proceso cartonero en general y de nuestro proceso en particular. Si quieren seguir el proyecto, pueden buscar nuestra página en Facebook:

“Estoy en una editorial cartonera”, le comenté a un amigo. “¿Es una editorial independiente? No le digas así”, me dijo. Sí, independiente y cartonera. Sobre todo cartonera. Le tuve que explicar a qué me refería cuando hablaba de cartoneras.

Le hablé de la crisis argentina, del famoso corralito y de la tasa altísima de desempleo que llevó a la gente a recoger cartón en las calles para poder venderlo y sobrevivir. Le hablé de Washington Cucurto, el poeta argentino, villero y cumbanchero que fundó, hace más de diez años, Eloísa cartonera. Del taller que abrió en el barrio de la Boca junto con un par de artistas plásticos donde se dedicó a comprar cartón a los cartoneros que recogían en la calle a un precio varias veces más elevado y a hacer con ese cartón libros que tuvieran precios accesibles, sacando únicamente la ganancia necesaria para cubrir los costos de producción. Libros de escritores no muy conocidos, libros con contenidos difíciles de publicar en las grandes editoriales, libros con calidad que, por los caprichos del mercado editorial, quedaban sin publicarse. Le conté, especialmente, de aquella cita de Cucurto: “¿Qué nos dieron? Miseria, pobreza ¿Qué les devolvemos? Libros”. Después, le conté cómo, contagiadas por Eloísa, comenzaron a brotar por toda Sudamérica diferentes cartoneras: Sarita Cartonera, YerbaMala, La Animita, Mandrágora, Yiyi Yambo, Felicita, Dulcineia y de cómo, cual si trazaran una espina dorsal latinoamericana, llegaron hasta el norte de México con Regia Cartonera, en Monterrey. Chiapas, Cuernavaca, Guadalajara, Distrito Federal, Puebla. “Un fantasma cartonero recorre América Latina” dijo una académica gringa fascinada por el movimiento. El fantasma no se quedó únicamente en Latinoamérica: aparecieron también cartoneras españolas como Meninas Cartonera o Ultramarina, una cartonera sueca: Poesía con C, e incluso una en el sureste africano: Kutsemba Cartão en Mozambique.

También le conté cómo las cartoneras trabajaban en red: cómo los textos publicados en Corrientes se publicaban también en Cochabamba y los de Cochabamba en Montevideo y los de Asunción en México, los de México en Sevilla y los de Sevilla en Buenos Aires o en la Paz o en Chiapas o en Santiago o en Lima o en Riobamba o en Santo Domingo. O incluso, cómo estos textos se pueden publicar sin empacho en cualquier ciudad, ya que sus derechos están libres para la reproducción. Después de haberle explicado así, a grandes rasgos, lo que era una editorial cartonera, dejó de creer que aquel adjetivo era peyorativo.

Fue hace poco menos de un año que decidimos crear La Cleta Cartonera. Cinco fulanos sentados en el piso de una habitación vacía. Yo, por lo menos, sin saber bien de lo que se trataban las cartoneras, escuchando por primera vez hablar de Eloísa y del movimiento. Después de esa primera junta, vinieron un montón más: para definir nuestra línea editorial, para ver el logo, para redactar un texto explicando quiénes éramos, para salir a poner stencils en las calles, para hacer convocatorias a una antología, para ver el texto que nos donó Gabriel, para revisar el texto, para revisarlo de nuevo, para seguir revisándolo, para ver los textos que habían llegado por la convocatoria, para maquetar la compilación, para volver a revisar el texto de Gabriel, para ir a hablar con los cartoneros, para cortar cartón, para sacar fotocopias, para hacer pruebas de portada, para cortar más cartón, para ensuciarnos las manos con tinta china, para coser sin detenernos. En ningún momento sentí que estuviera trabajando. Siempre pareció un juego. No puedo negar que hay algo lúdico e infantil en realizar libros de cartón. Recordé cuando era niña y hacía pasteles de lodo. A diferencia de esas masas café y resbalosas con las que únicamente se podía hacer el ademán de comerlas, esta vez estamos produciendo objetos reales. Libros que se pueden hojear y subrayar, libros que pueden ser leídos, a los que se les puede meter un separador o que se pueden colocar en el librero.

Cada uno de los libros que producimos está hecho a mano, todos son diferentes, desde el cartón con el que están empastados, hasta la portada, pasando por el cosido y el doblado de las páginas. Son libros que contienen el mismo texto pero que son, cada uno, un objeto único. Además de libros, me parece que son una afirmación del libro  como objeto. Del libro físico que se mantiene frente a los libros digitales.

Son libros hechos con sobrantes. Con restos de cartón y con restos del tiempo que dedicamos a nuestro trabajo y a nuestro estudio. Con esos textos que les sobraron a las grandes editoriales porque apretaban sus rígidos zapatos, se sentían como una piedra incómoda en los mismos. Libros hechos con las manos, con cajas que contuvieron huevos, chocolate, botellas, pañales, galletas, frutas, electrodomésticos y que ahora contienen literatura. Pienso de nuevo en la cita de Cucurto: “¿Qué nos dieron? Miseria, pobreza ¿Qué les devolvemos? Libros”. Nos dieron basura y devolvemos libros. Nos dieron estrictas normas editoriales, nos dieron cátedras sobre el copyright, nos dieron la idea de que sólo unos pocos podían tener acceso a lo que se está creando, de que el acceso al arte y al conocimiento debe ser equivalente al poder adquisitivo y no les creímos y les devolvimos libros. Libros hechos con cariño, libros de cuyo proceso participamos en todo momento, libros cortados y pintados sí por nuestras manos, pero también por las manos de muchos amigos que decidieron que ellos también querían dedicar al proyecto su tiempo libre, su tiempo. Libros que se pueden reproducir libremente. Libros que queremos que se reproduzcan, que pasen de mano en mano hasta que se desgasten.

El proceso de este primer libro, Ve, como en toda nueva incursión, fue largo y accidentado. En un inicio esta presentación estaba planeada para diciembre del año pasado, pero se nos fueron cruzando problemas de diseño editorial “¿Es que alguien entiende cómo funciona el InDisign?”, de pruebas de portada y de tiempo. Especialmente de tiempo. Detuvimos el proceso varios meses. “¿Todavía existe la Cleta?”, me preguntaban amigos que me vieron entusiasmada cuando inició el proyecto. Siempre contesté que sí, aun cuando yo misma me preguntara a veces lo mismo. Me gusta pensar que es normal pasar por una situación similar, por un largo periodo en el que, sin saber muy bien si el proyecto existe o no, la acción parece detenerse, irse moviendo apenas. En nuestro caso, por lo menos, fue un letargo necesario para darnos cuenta de que en realidad queríamos hacerlo, de que en realidad estábamos dispuestos a todo el trabajo y a la inversión de tiempo y dinero; de que el proyecto se había planteado bien y que valía la pena. Fue así, como hace casi un mes, retomamos las copias que teníamos, desempolvamos los cartones cortados y doblados y nos pusimos a hacer libros. Aquí está el resultado.

Para terminar con esta presentación me gustaría leer el pequeño texto que concebimos hace ya varios meses, cuando buscábamos respuestas a muchas preguntas que surgieron al inicio de La Cleta Cartonera:

“Queremos hacer libros de basura. La basura que está por todos lados, dando vueltas. Queremos hacer libros que se deshagan, como una caja de cartón bajo la lluvia. Libros sin techo, a la intemperie, errabundos. Libros baratos. Libros que como el pan, puedan olerse por las calles. Libros que se desmanchen entre las manos que los hacen y las que los leen. Que se vendan sobre canastas en bicicletas. Ahí va el señor de los esquites, el señor de los helados, el señor de los libros. Libros prescindibles.

Queremos libros y gozar haciéndolos. Proponemos ser esclavos de nuestras íntimas compulsiones y necesidades, no de los frenos del buen gusto editorial y las exigencias económicas. No juzgar los textos, y mucho menos a los escritores, excepto respecto al gozo que generan.

Queremos textos que puedan ser el punto de partida hacia otros espacios impredecibles.

Nos unimos al movimiento cartonero y a las editoriales independientes que proponen trabajar y estar juntos de otra manera. Nos nutrimos de ellos.
Habrá textos.
3 de octubre, 2011, Cholula Puebla”

También, muchas, muchísimas personas nos dieron su confianza, sus manos dispuestas a cortar, pintar, coser, cargar, diseñar. También nos dieron, sin recelo, sus textos. Nos dan, nos siguen dando. A ellos, sobre todo a ellos, les devolvemos libros.

Ictericia, en http://corcobaya.blogspot.mx/2012/06/la-cleta-cartonera.html

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